Avance ‘Sueños de libertad’: “¿Quieres casarte conmigo?” en el capítulo 413 (13 de octubre)

La noche caía sobre el elegante salón de la mansión Villanueva, un lugar que había sido escenario de muchas victorias, pero también de muchas traiciones. La iluminación suave de las velas proyectaba sombras misteriosas en las paredes, mientras que la música suave parecía envolver todo en un aire de misterio y tensión. Todo parecía perfecto, pero, como siempre, detrás de las apariencias se escondían secretos que nadie se atrevía a contar.

Avance 'Sueños de libertad': "¿Quieres casarte conmigo?" en el capítulo 413  (13 de octubre)

En el centro del salón, rodeada de los que aún quedaban en la fiesta, Claudia sentía que el peso del mundo se cernía sobre ella. Había pasado por tantas pruebas en las últimas semanas que ya no sabía si el amor que sentía por Felipe era lo que ella deseaba o si simplemente era una ilusión que había creado para protegerse del caos que rodeaba su vida. Felipe, el hombre que había sido su todo, el hombre que la había cautivado con promesas de un futuro juntos, ahora se encontraba frente a ella, de rodillas, con los ojos fijos en los suyos.

“Claudia”, dijo Felipe con voz suave pero firme, “he esperado este momento durante mucho tiempo. No hay nada en este mundo que quiera más que compartir mi vida contigo. Eres todo lo que siempre he querido. Y por eso, hoy aquí, frente a todos, te hago esta pregunta: ¿quieres casarte conmigo?”

El aire se cortó como un cuchillo. Todos los ojos en la sala estaban sobre ellos, pero para Claudia, el tiempo parecía haberse detenido. Las palabras de Felipe resonaban en su mente, pero no lograba encontrar una respuesta clara. ¿Realmente quería casarse con él? Después de todo lo que había pasado, después de las mentiras, las traiciones y los secretos que habían salido a la luz, ¿era este el futuro que quería?

Felipe, al verla vacilar, apretó las manos con más fuerza. “Sé que las cosas no han sido fáciles. Hemos pasado por mucho, y te he fallado en varias ocasiones. Pero hoy te pido una oportunidad, una oportunidad para comenzar de nuevo. Lo que tenemos es real, Claudia. No puedo imaginar mi vida sin ti.”

El salón estaba en completo silencio, como si toda la mansión estuviera esperando la respuesta de Claudia. Pero dentro de ella, las dudas se amontonaban. Había visto a Felipe por lo que realmente era, un hombre decidido a controlar, a manipular, a exigir. ¿Era ese el tipo de vida que ella quería? Por un momento, pensó en todo lo que había sufrido a su lado, las traiciones que había perdonado, las mentiras que había callado. ¿Era posible olvidar todo eso en un solo momento?

En ese instante, Begoña, la madre de Claudia, que había permanecido al margen de la conversación, se acercó lentamente. Con la mirada fija en su hija, le susurró suavemente, pero lo suficientemente fuerte para que solo Claudia pudiera escuchar: “No te dejes arrastrar por la presión del momento. Este es tu futuro, Claudia. No es solo una pregunta. Es tu vida.”

Claudia la miró, y por primera vez en mucho tiempo, vio la sabiduría en los ojos de su madre. Begoña había sido una mujer de decisiones difíciles, y aunque había cometido errores en su vida, siempre había luchado por lo que creía correcto. Pero, ¿sería Claudia capaz de hacer lo mismo? ¿Podría realmente tomar una decisión que cambiara su vida para siempre?

La respuesta de Claudia estaba en suspenso, y el silencio se alargaba como una cuerda tensa a punto de romperse. Felipe la miraba con desesperación, mientras que su propia imagen comenzaba a desdibujarse en la mente de Claudia. Las promesas, las palabras dulces, todo parecía irreal, como si fuera un sueño del que despertaba lentamente. A pesar de lo que sentía por él, algo dentro de ella le decía que no podía ceder a la presión.

Justo cuando Claudia iba a abrir la boca para hablar, una figura apareció en la puerta. Era Andrés, el hombre que había sido su apoyo en los momentos más oscuros, el hombre que había demostrado ser más sincero, más leal, aunque las circunstancias lo separaran de ella. Andrés había llegado tarde a la fiesta, pero su presencia traía consigo una energía inesperada, un recordatorio de lo que realmente importaba.

Felipe, al verlo, frunció el ceño. “¿Qué haces aquí?”, preguntó con desdén.

Andrés, con la calma que siempre lo había caracterizado, se acercó con paso firme. “Estoy aquí para hacerte una pregunta, Claudia”, dijo, mirando a la joven con una intensidad que nadie más podía comprender. “Sabes que siempre te he apoyado, que siempre te he cuidado. No te estoy pidiendo que tomes una decisión ahora mismo, pero quiero que sepas que no tienes que quedarte con alguien que te haga dudar de ti misma. Yo te conozco, y sé que tienes la fuerza para tomar las riendas de tu vida.”

La tensión en el aire se hizo insoportable. Claudia miró de un lado a otro, entre Felipe, que esperaba con ansias su respuesta, y Andrés, que le ofrecía una salida, una vida distinta. La pregunta que había formulado Felipe parecía resonar en todos los rincones de la sala, pero la intervención de Andrés había encendido algo dentro de ella, algo que Claudia había estado ignorando por miedo: la necesidad de elegir su propia felicidad.

Con el corazón latiendo con fuerza, Claudia miró a Felipe y luego a Andrés. Tomó una respiración profunda, y finalmente habló.

“Felipe”, dijo, su voz firme, “he amado muchas cosas de ti, pero he llegado a la conclusión de que no puedo seguir en este camino. No puedo casarme contigo. No puedo ser parte de este juego.”

Un murmullo recorrió la sala. Felipe, en un principio, no entendió. “¿Qué estás diciendo?”, preguntó, casi sin creerlo. “No puedes estar hablando en serio, Claudia.”

“Lo estoy”, respondió ella, con lágrimas en los ojos, pero una determinación inquebrantable en el rostro. “No es lo que quiero. Mi vida no puede ser una cadena que me ate a ti. Mi libertad es más importante.”

Felipe, furioso y devastado, dio un paso atrás. “No te voy a dejar ir tan fácilmente”, dijo, con la voz rasgada por la ira.

Pero Claudia no miró atrás. Había tomado su decisión.

Con Andrés a su lado, Claudia comenzó a caminar hacia la salida, dejando atrás un Felipe incapaz de comprender lo que acababa de perder. Mientras cruzaban la puerta, Claudia sabía que su vida había cambiado para siempre. La pregunta de Felipe había sido la chispa que encendió su libertad. Y con esa libertad, Claudia entendió finalmente que la verdadera felicidad no se encuentra en una promesa, sino en la valentía de tomar el control de su propio destino.