Avance Sueños de Libertad, capítulo 431: Chloé Dubois y el primer golpe fatal


La luz blanca y cegadora del hospital se sentía como un foco implacable que iluminaba cada rincón oscuro de la mente de Andrés. Estaba sentado en el borde de su cama, la cabeza vendada, pero la niebla que había envuelto sus recuerdos desde el accidente se había disipado de golpe. No fue un destello suave, sino una avalancha brutal de imágenes, sonidos y, sobre todo, la verdad sobre su matrimonio.

El golpe físico le había quitado la memoria, pero el golpe emocional que venía con su recuperación era mucho más devastador.

María…”, susurró Andrés, su voz áspera, el nombre de su esposa sabiendo a ceniza.

El Dr. Luján, que acababa de terminar su chequeo matutino, se acercó, preocupado por la intensidad de su mirada. “¿Andrés? ¿Te sientes bien? Pareces… alterado.”

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Andrés no le prestó atención. La imagen de María en el jardín, hablando en susurros con Gema, la cuñada de Jesús, se proyectó con dolorosa claridad en su mente. Pero no era la imagen en sí, era el contenido de la conversación lo que le helaba la sangre.

“…tienes que seguir mintiendo, Gema. Si Andrés recuerda que yo me negué a darle un hijo, que simulé los abortos para evitar un heredero… todo se acaba. Me odiará. Y perderemos el control sobre la fortuna de los De la Reina.”

Andrés se levantó de la cama, ignorando el dolor punzante en su cabeza. “¡Ella me mintió! ¡Me ha estado mintiendo todo el tiempo!”, gritó. El dolor de no haber podido tener hijos, la culpa que había cargado, la pena que había compartido con María… todo era una farsa cruel.

“Andrés, tienes que calmarte. Tu cabeza…”, intentó el médico, tratando de retenerlo.

Pero Andrés ya se dirigía a la puerta, impulsado por una rabia helada. La verdad que María quería ocultar no era solo que no quería un hijo. Era la profundidad de su traición y el cálculo frío detrás de su matrimonio. Ella lo había usado, manipulado sus deseos más profundos para asegurarse una posición en la familia y una parte del imperio perfumero.

Cuando llegó a la mansión, el ambiente, antes de duelo y preocupación por su salud, se transformó instantáneamente en un silencio sepulcral. María estaba en el salón, hablando con Luz – la única persona en la que Andrés ahora sentía que podía confiar, irónicamente la mujer por la que había sentido una conexión tan fuerte antes del accidente.

María lo vio y su cara palideció hasta volverse casi transparente. “¡Andrés! Amor, has vuelto. ¿Por qué no me has avisado? Deberías estar descansando…” Se acercó a él con la máscara de la esposa preocupada.

Andrés la detuvo con un gesto, su voz baja y cargada de una amenaza contenida. “La memoria ha vuelto, María.”

El mundo de María se detuvo. Sus ojos buscaron a Luz, luego a la puerta.

“Sé lo de los abortos. Sé que nunca quisiste a nuestros hijos. Sé que me utilizaste para el dinero y para ascender socialmente.” Su mirada era de acero. “Y sé que estabas allí, en el accidente. No sé si lo causaste, pero lo sabías. Y me dejaste para que muriera.”

El impacto de sus palabras fue tan fuerte que María se tambaleó. “¡No, Andrés, por favor! ¡No es lo que parece! Yo te amo, yo solo…”

“¡No mientas más!”, rugió Andrés, su voz resonando en el salón. “Quiero que te vayas. Ahora. Nuestro matrimonio ha terminado. Y voy a asegurarme de que todos en esta familia sepan la verdadera naturaleza de la mujer que es mi esposa. Tu juego ha terminado, María.”

La verdad había regresado, no como un consuelo, sino como una espada afilada que destrozaba todas sus ilusiones y marcaba el comienzo de una guerra abierta en la familia De la Reina.