Sueños de Libertad Capítulo 26 de Nov (Pelayo arriesga su carrera política por salvar a la fábrica)
En el silencio solemne de su despacho —una estancia pensada para imponer autoridad y mantener a distancia a todo aquel que entrara—, Gabriel de la Reina se descubría a sí mismo en un estado de desprotección que hacía años no experimentaba. Acababa de finalizar una llamada, pero la voz acerada de Monsur Brosart seguía instalada en su mente como un zumbido que no daba tregua. Aquella comunicación desde París había sido tan concisa como implacable: alguien estaba removiendo el pasado. Y no se trataba de un curioso preguntón ni de auditorías inocuas, sino de alguien dispuesto a desenterrar la relación oculta entre Gabriel y la firma francesa.
Miró el teléfono como si se tratara de un adversario silencioso. El pecho le subía y bajaba con respiraciones cada vez más rápidas. No hizo falta que razonara demasiado: sabía exactamente quién podía haber puesto en marcha esa investigación. El nombre apareció en su pensamiento con la fuerza de un golpe: Andrés.
Se levantó de inmediato, empujado por un nerviosismo que ni el aire frío del despacho conseguía disipar. Caminó hacia la ventana, pero su mirada no logró enfocarse en el exterior. Lo único que veía era el temor que tanto había intentado disimular. La idea lo atravesó como una punzada: si Andrés había llegado tan lejos, era porque había recuperado la memoria. El pariente confuso y manejable que él había creído controlar ya no existía. Había regresado el hombre perspicaz y determinado que constituía una amenaza real.
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Tres golpes suaves en la puerta cortaron su cadena de pensamientos. María entró, cargando con una mezcla de delicadeza y resolución que él apenas había notado en ella hasta ese día. Al ver la expresión desencajada de su marido, comprendió de inmediato que algo se había quebrado en su apariencia habitual de calma.
—¿Ha pasado algo con Brosart? —preguntó, intentando descifrarle los ojos.

Gabriel, sintiéndose acorralado, entendió que una mentira absoluta ya no le serviría. Necesitaba construir una verdad conveniente, una versión capaz de poner a María de su lado. Con un gesto estudiado de preocupación fraternal, le confesó que sospechaba que Andrés había recobrado la memoria. Sin embargo, desvió hábilmente el relato: no mencionó que Andrés buscaba justicia, sino que lo retrató como un ser inestable, capaz de hacer cualquier cosa por remover el pasado y destruir la armonía familiar.
—Tenemos que mantenernos serenos —murmuró, tomando sus manos y depositando un beso calculado en su frente—. Si Andrés decide hablar, las cosas se complicarán. Pero yo sabré manejarlo.
María lo observó, atrapada entre la necesidad de confiar en él y una desconfianza creciente que comenzaba a enraizarse en su interior.
A kilómetros de distancia, bajo la luz brillante del sol canario, una escena mucho más austera tenía lugar. Andrés había abandonado el confort de la colonia para adentrarse en un barrio humilde, plagado de casas modestas y calles donde la vida diaria se desarrollaba sin filtro. Se detuvo ante una puerta envejecida y llamó. Quien abrió fue Delia, la madre de Gabriel. Se quedó petrificada al ver a un De la Reina plantado allí, en su umbral. Se secó las manos cubiertas de harina en el delantal, temiendo las implicaciones de aquella visita.
Pero Andrés no venía con altivez ni órdenes. Su mirada era sincera, casi dolida.
—No vengo como el señorito de la casa grande, Delia —dijo con tono seguro—. Vengo porque necesito entender. Necesito saber qué lo convirtió en lo que es.
Delia reconoció la honestidad en sus ojos y lo invitó a pasar. Tomaron asiento en una salita pequeña impregnada de aroma a café y nostalgia. Fotografías antiguas de un niño de rizos oscuros colgaban de las paredes, y esa presencia silenciosa terminó por abrir la compuerta que Delia llevaba décadas manteniendo cerrada.
Con voz frágil, le habló de Bernardo, el padre de Andrés. Le explicó cómo aquel hombre había descubierto el talento natural de Gabriel y lo había moldeado a su antojo, proporcionándole educación y refinamiento, pero imponiéndole una condición que lo marcó para siempre: jamás llevaría su apellido. Para Bernardo, Gabriel no era más que una herramienta útil, un hijo ilegítimo cuya existencia servía a sus intereses personales. Nunca le ofreció reconocimiento ni afecto, solo exigencias.
Andrés escuchaba con un nudo en el estómago. Delia continuó: recordó la noche en que Gabriel, tras lograr un triunfo importante, suplicó a Bernardo que lo reconociera. Él se limitó a reírse, recordándole que su lugar siempre estaría en la sombra.
—Esa noche —susurró Delia con lágrimas resbalándole por las mejillas—, mi hijo dejó de ser un niño. Y en su lugar nació alguien que solo quiere demostrar al mundo que no es menos que nadie, cueste lo que cueste.
En ese instante, Andrés comprendió que la crueldad de su primo no era gratuita. Era el producto de una herida profunda que nunca cicatrizó.
De vuelta en la península, la fábrica bullía de actividad. La inminente llegada de los directivos franceses había encendido el nerviosismo en todos. Marta y Chloé se movían de un lado a otro organizando muestras y documentos, aunque la mente de Marta estaba lejos, preocupada por su hermano en Tenerife.
El golpe de realidad llegó cuando Pelayo se acercó con malas noticias: el ayuntamiento evaluaba incrementar la multa que amenazaba a la empresa. Angustiada, Marta apeló a él casi con desesperación.
—Necesito que intervengas. Si no lo haces, estamos perdidos.
Pelayo dudó. Sabía que involucrarse suponía cruzar líneas muy peligrosas. Pero, al ver el desespero en los ojos de ella, aceptó, sabiendo que aquello podría costarle su carrera.
En la zona de máquinas, Joaquín se enfrentaba a su propia batalla. Una troqueladora recién adquirida había dejado de funcionar, arruinando su inversión. Cuando el desaliento ya lo dominaba, aparecieron Luis y Luz, quienes, movidos por su amistad sincera, le ofrecieron sus ahorros.
—No es caridad —dijo Luis—. Es confianza. Confiamos en ti.
Joaquín aceptó, conmovido, prometiendo devolverles el dinero y cuidar de Gema, que últimamente parecía exhausta.
La paz duró poco: Luis descubrió que su perfume sería comercializado bajo la firma Brosart sin reconocimiento alguno. Enfurecido, entró al despacho donde estaban Chloé y Gabriel. Este último, imperturbable, le recordó que el contrato lo decía claramente: la empresa se quedaba con el mérito. Luis salió sintiéndose traicionado mientras Gabriel se preparaba para recibir a los visitantes franceses.
La visita comenzó bien, pero la celebración posterior se torció. Uno de los directivos, ebrio, acosó a Carmen, quien intentó apartarse con educación. Tacio, testigo de la escena, intervino sin dudar, rompiendo el ambiente cordial. Carmen, digna, abandonó la cantina dejando a todos sumidos en la vergüenza.

La tarde avanzaba cuando Francisco Cárdenas, rival político de Pelayo, irrumpió en su despacho. Le mostró pruebas de que el gobernador había manipulado la multa.
—Voy a asegurarme de que todos lo sepan —amenazó.
Pelayo quedó helado: su carrera estaba en riesgo.
Mientras tanto, en la mansión, Gabriel intentaba proyectar la imagen de esposo ideal. Regaló nuevas alianzas a Begoña, hablándole de hijos y futuro. Ella sonreía, aunque sus ojos revelaban un miedo visceral al imaginar un embarazo en medio del ambiente tóxico en el que vivía.
Y en Tenerife, cuando la noche ya había caído, Delia, temiendo las consecuencias de haber hablado, tomó el teléfono para advertir a su hijo. Pero una mano firme la detuvo. Andrés había regresado en silencio.
—No lo hagas —dijo con un tono que ya no era de duda, sino de decisión—. Si lo proteges, seguirá dañando.
Delia sintió un estremecimiento.
—No sabes de lo que es capaz cuando se siente acorralado…
—Lo sé —respondió Andrés—. Y por eso voy a enfrentarle.
Un avión se preparaba para despegar, llevando consigo el inicio de una guerra inevitable entre los primos De la Reina. Un conflicto que ya no se libraría en silencio, sino cara a cara, con todas las consecuencias que eso implicaba.