Una Nueva Vida Capítulo 64 Hoy en Antena 3: La Sangrienta Noche de Bodas de Halis y Hattuç
¡Terror en la mansión! Seyran y Ferit descubren la macabra amenaza que arruina la noche de bodas de Hattuc y Halis
La opulenta mansión Korhan, envuelta en el esplendor de una celebración que debió ser un milagro, se transformó en un instante. El aire, antes denso con el aroma de las flores y la promesa de un amor largamente esperado entre Halis Ağa y Hattuc, se cortó con un grito helado que resonó desde los aposentos principales. La boda, el reencuentro de dos almas destinadas a pesar de los años y las adversidades, se disolvió en una pesadilla. El destino, ese viejo enemigo de la familia Korhan, no había terminado su juego cruel.
Seyran y Ferit, los pilares jóvenes de la casa, quienes habían fungido como padrinos llenos de ilusión, fueron los primeros en percibir que algo fundamentalmente oscuro había irrumpido. La felicidad de sus mayores, una felicidad ganada con tanto dolor y espera, era demasiado frágil para el universo que los rodeaba. El grito desgarrador de la recién desposada Hattuc rompió la calma de la medianoche, llevándolos en una carrera desesperada por las escaleras de mármol. El eco de ese lamento no era de júbilo nupcial, sino de puro horror, una alarma que resonaba por toda la estructura de la mansión.
Al llegar a la suite nupcial, la escena que se reveló era digna de la más macabra de las vendettas. El lecho matrimonial, un símbolo de la nueva vida que Halis y Hattuc esperaban comenzar, estaba profanado. Sobre las sábanas de seda inmaculada, un objeto grotesco, un “regalo” envuelto en un aura de maldad ancestral: la cabeza de un carnero cercenada, cuyo mirar vacío parecía acusar a toda la estirpe Korhan. La sangre, aún fresca, era un contraste nauseabundo con la blancura y el lujo de la habitación, un ritual brutal que convertía la celebración en un altar de sacrificio.
Junto a la ofrenda de sangre, una nota, doblada con una precisión que delataba un plan premeditado, esperaba ser leída. Ferit, con el rostro pálido y la rabia hirviendo en sus venas, la desdobló. Las palabras, escritas con tinta oscura y decisiva, eran una declaración de guerra que confirmó sus peores temores, la sentencia más cruel imaginable: “Bendecimos su matrimonio. Sacrificamos a su víctima. Los siguientes serán vuestros hijos y vuestros nietos.” La mención explícita de un ‘sacrificio’ era clara, un aviso brutal que apuntaba directamente a la venganza de sangre que excedía la rivalidad de negocios o el rencor cotidiano. Esto era personal, primitivo y mortal, y señalaba a los sedientos de venganza de la familia de Ökkeş como los autores.
Seyran, al borde del colapso, se aferró al brazo de su esposo, con la vista fija en la imagen de su tía, Hattuc, una mujer que siempre había representado la fortaleza inquebrantable, ahora rota, temblando incontrolablemente mientras Halis, el patriarca indomable, se hundía en un silencio sepulcral, su rostro una máscara de impotencia. El miedo tenía un nombre y un rostro: la venganza de Ökkeş, ejecutada con una frialdad y audacia inimaginables. El regalo en el lecho no era solo un aviso para los recién casados; era una amenaza que se extendía a los hijos y nietos, a la continuidad misma del apellido Korhan.
Ferit, sintiendo el pánico de Seyran y la desesperación de sus mayores, supo al instante que la luna de miel había terminado incluso antes de empezar. La macabra puesta en escena confirmaba que el adversario ya no jugaba según las reglas de la sociedad o de la justicia. Había cruzado una línea que convertía la disputa familiar en un asunto de vida o muerte. El joven ya había tenido su propio enfrentamiento con Serter horas antes, y había decidido no mancharse las manos de sangre, pero esta nueva amenaza demostraba que el enemigo sí estaba dispuesto a hacerlo.
El descubrimiento de Seyran y Ferit no solo arruinó la noche de bodas, sino que dinamitó el frágil estado de paz que la boda había intentado establecer. La mansión ya no era un hogar, sino una fortaleza sitiada. La pareja joven se convirtió, de nuevo, en el último bastión de resistencia. Necesitaban actuar, y rápido. La nota era un acertijo sangriento, una pista de que el terror ya estaba dentro de los muros, observando, esperando el momento de la próxima estocada.
La boda, planeada como un acto de redención y cierre, se había convertido en el preludio de una tormenta que amenazaba con devorar a toda la familia. Ferit juró, en ese instante de terror y rabia, que encontraría al responsable, mientras Seyran, con la voz apenas audible, susurraba el mismo juramento: protegerían a su familia a cualquier costo, incluso si ello implicaba ensuciarse las manos con la oscuridad que acababa de invadir su vida. El terror había entrado, y la noche de bodas se transformó en la noche de la guerra.